cuento

Monólogo de defensa 1

A mí nadie me explicó de qué iba el mundo.

A mí nadie me explicó de qué iba el mundo. Nadie me dijo del terror de una mañana soleada, ni del abandono entre la multitud. Nunca me contaron que la perfección es la ficción que nos creemos, ni que tenía que esforzarme hasta para cagar. Es más, jamás me dijeron que me dolería la cara por sonreírle a tu presencia, ni que la historia se iba a hacer justicia poco a poco a través de mi mente y de mis palabras, que volvería a repetir una y otra vez la misma novela cansada, tan creída por todos, humanos siempre, dolidos siempre.

No pretendo quejarme, no más que ahora, ¿pero en qué momento se les ocurrió que yo debería estar aquí? Pude haberme convertido en un pez y nadar más allá del océano. Pude haber sido un águila y volar hasta que nadie me encontrara. O tal vez pude haber sido un alma menos sentimental, menos preocupada, menos dudosa de su existencia. Pero soy un pez contento dentro de los límites de su pecera, soy un águila que hace tiempo no visita su precioso cielo y soy esta alma que se cura a través de las palabras.

Estos tiempos… siempre culpamos a los tiempos, pero yo no. Yo culpo a quien no me explicó. “Nacer con un manual de existencia”, esa es mi idea para Dios o para cualquiera que le toque hacer que nosotros vivamos. Si él estableció las reglas para que el mundo se mueva como lo hace, entonces hay que mandarlo a la chingada y derrocar su tiranía de empleado frustrado porque su trabajo es una mierda.

Sí, mis manos están manchadas de sin razón, de vacío, del impulso de clavar algo para darle vida a lo etéreo. ¿Qué más da un cuerpo o dos? No nos distraigamos con números. A mi parecer todos somos culpables de no explicarle a los demás de qué va todo esto.

¿Qué si me arrepiento? No sé. ¿Puede alguien arrepentirse de ser inocente, de ser ignorante de su propia existencia? Hoy todo esto sale de mi boca, pero ya mi defensa volverá a lo largo de sus noches. Cualquiera que ha pecado como yo, sabe que no quiero lo que ustedes llaman “salvación”, sólo la oportunidad de decirte que todas mis acciones son un reflejo de la historia y de la trascendencia misma de un alma que se repetirá hasta el último susurro del tiempo.

Que así sea hoy mi suerte, fiel reflejo de las desventuras que sentí por ti. No más palabras, señor juez.

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